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Viajar sin prisa

Mientras que el mundo donde habitamos viaja <gira> a la misma velocidad desde que es mundo, sus habitantes, que históricamente disfrutaron de una vida sin prisas, en los últimos siglos se han empeñado en apresurar el paso hasta el grado de perder la noción del viaje que es la vida. En aras de recuperar esta noción ha surgido recientemente un concepto válido y esperanzador: aprender a vivir la vida para vivirla: Viajar sin prisa.

Viajar sin prisa significa disfrutar las experiencias del viaje; es involucrarse en las actividades cotidianas de la gente, aprender cómo viven, conocer qué comen, su cultura, lenguaje, los pequeños detalles que hacen un lugar único, y las semejanzas que se entretejen y son comunes para la humanidad. Viajar sin prisa es una filosofía que aboga por integrarse en el lugar de destino, comunicarse con sus habitantes y formar parte de sus costumbres.

Hace algunos años visitamos la ciudad de Seúl, la capital de Corea. Habíamos llegado por la tardenoche y nos quedamos en el hotel Westin, cadena para la cual trabajaba. Por la mañana pude ver por la ventana un par de jardineros, personas de cierta edad, vistiendo uniforme y guantes. Su diligencia para manejar las plantas me impresionó al grado de buscar literatura que me ilustrara la razón de ese amor a las flores. No podía hablar con ellos por cuestiones del lenguaje.

Recuerdo también haber preguntado a un botones del hotel qué lugar me recomendaba para comer distinto del circuito de los turistas. Mi esposa y yo acabamos comiendo en un restaurante típico en un barrio un tanto alejado del centro, sin escuchar una sola palabra de inglés y recurriendo al lenguaje de las señas para seleccionar el menú.

De regreso, caminando al hotel, pudimos observar a los corteses coreanos cediéndonos el paso en la acera o el taxi en la calle. En la memoria permanece la percepción de un pueblo hospitalario, amable, trabajador, amante y respetuoso de la naturaleza.

Hemos caminado las calles de París, de Roma, de El Cairo, y tantas ciudades que cual un libro abierto nos han permitido aprender más de la cultura de esos pueblos que en una enciclopedia.

Ese mismo placer encontramos visitando nuestros pueblos. A Mascota, en Jalisco, nos escapamos en cada ocasión que podemos, y en ese pueblo pleno de historia realizamos nuestras reuniones familiares las navidades y fines de año.

Los pueblos y las ciudades se descubren a través de su gente, de su comida y sus costumbres. Lo mejor de todo esto es que casi no cuesta dinero.

Sobre la felicidad y el dinero escribe el filósofo Fernando Savater: “La verdad es que se podría ampliar el concepto de riqueza. Ahora mismo tenemos una idea de riqueza crematística, vinculada exclusivamente con el dinero. Y el dinero, como decía Schopenhauer, es una felicidad abstracta. El dinero es una promesa de felicidad mientras lo tienes en el bolsillo, pues eres feliz porque lo puedes transformar en cien cosas distintas: En emborracharte, en ir a cenar, en comprarte un coche o la Enciclopedia Británica, lo que sea. Pero esta felicidad abstracta comienza a darte problemas cuando intentas concretarla, porque cualquier gasto o cualquier actividad están llenos de limitaciones, de dificultades…

Y puede que no revierta en satisfacciones, sino en dolores de cabeza. Además, si la felicidad fuese tener 20 millones de euros en el banco ya se sabría a estas alturas de la vida y de la sociedad.

A menudo pienso que la diferencia esencial entre una persona culta y una que no lo es, es que cuanto menos sabes más tienes que gastar para divertirte.

Lo puedes ver en las vacaciones: Las personas menos cultivadas necesitan más dinero porque cuando apenas sabes nada eres como esas ciudades que tienen que importar todas las materias primas, porque no producen nada, mientras que las personas cultivadas pueden pasear con provecho, ver museos, barajar recuerdos…Van produciendo por sus propios recursos momentos que les salen prácticamente gratis”.

Este movimiento nació hace algunos años, como una reacción a un ritmo de vida trepidante. El estrés, considerado por especialistas como la enfermedad del siglo XXI, y las costumbres estadounidenses de recurrir al Fast Food o comida rápida, como la de McDonald’s, Kentucky Fried Chicken, Pizza de varios nombres y otros muchos similares; el comer caminando o en los centros comerciales mientras se va de compras. Costumbres que han incidido en nuestra cultura nacional y afectado nuestra calidad de vida.

El movimiento Slow (despacio) pretende recuperar el placer de vivir sin prisas, disfrutando de la riqueza que supone la diversidad y los pequeños placeres de la vida. Esta filosofía se ha trasladado al turismo con el llamado Slow Travel (viajar sin prisa) y Slow Cities (ciudades sin prisa).

La filosofía de vivir sin prisa significa escaparse de la realidad que nos impone la vida y decidir por nosotros mismos la búsqueda de placeres y satisfacciones en todos los órdenes de nuestra vida. No se descubre nada nuevo asistiendo a los ‘brunch’ dominicales que atraen a turistas y residentes a modernos hoteles; se descubre más entre más se trepa uno a la montaña para encontrar nuestra pequeñez y vernos a nosotros mismos descubriendo la inmensidad de la naturaleza.

El primer ámbito del movimiento se centró en la comida, contraponiendo el Slow Food al Fast Food; alimentos de calidad, con denominación de origen, bien cocinados y acompañados por un buen vino y una presentación agradable y cuidada. Es decir, una tendencia opuesta a las hamburguesas y a la comida de buffet, que anteponen cantidad a calidad, riesgos a la salud y degradación del gusto. Otra característica de este movimiento es la defensa de lo local, de lo que la región produce y debemos consumir. Si somos leales a nuestra tierra debemos impulsar los productos que de ésta obtenemos. Nuestra cocina antes que la extranjera. Se busca también defender las culturas locales, su comida, su folclor y su estilo de vida.

La Fast Life (vida con prisa) ha alcanzado ya al turismo. Los viajes programados, los paquetes ‘todo incluido’, los hoteles low cost, que ofrecen un confort y unos servicios mínimos para que la persona sólo pernocte en ellos, son vicios cada vez más frecuentes en los viajeros. Los turistas de hoy desean visitar lo máximo posible en un tiempo récord, no se comunican con los autóctonos ni se acercan a sus costumbres, planifican cada paso de la visita, se sienten seducidos por viajar lo más lejos posible y acaban pasando más tiempo en el avión o en la carretera que en el destino. Los vuelos de bajo costo permiten caer en la tentación de viajar a ciudades lejanas para pasar unos días maratonianos de un fin de semana en el que ver todos los museos, edificios emblemáticos y enclaves célebres. El estrés de la vida cotidiana no se abandona ni durante las vacaciones.

El Slow Travel en cambio, es un estilo cercano al de los ‘mochileros’. El objetivo del viaje no es visitar una ciudad o zona, sino descubrirla, conocerla, disfrutarla e integrarse en ésta. Para esto es imprescindible no tener prisas, elegir un destino que sea viable conocer bien en los días de los que disponemos, no marcarse metas cuadriculadas y atreverse a improvisar.

Una máxima de este espíritu es disfrutar, tanto del viaje como del destino. Es decir, elegir el tren para contemplar el paisaje o la bicicleta para fundirse con éste. De ese modo, se evita el avión y la obsesión de hacer en coche el máximo número de kilómetros por hora sin permitirse parar en los pueblos agradables que se encuentren por el camino.

Desafortunadamente para los mexicanos nos robaron la hermosa experiencia de viajar en ferrocarril.

Todavía a mediados del siglo pasado se viajaba de Guadalajara o Monterrey a la Ciudad de México en el Pullman. Durante el viaje se podía cenar en el coche-comedor, tomar una copa en el coche fumador y conversar. Arrullarse con el vaivén del tren y amanecer descansado para emprender, sin prisa, los motivos del viaje, fuese éste de negocios o placer.

En la ciudad, qué mejor que caminar para ver de cerca todo y reaccionar ante cualquier estímulo interesante: Una fachada bonita medio escondida, una cafetería con encanto, un restaurante típico...Claro que andar no significa planificar rutas interminables que dejan al viajero exhausto y le impiden disfrutar. Sin duda, charlar con los autóctonos es la mejor manera de conocer un lugar, sus costumbres y la idiosincrasia de sus habitantes. La idea central es, en definitiva, integrarse en la sociedad que queremos descubrir en lugar de mirarla como quien contempla un escaparate.

En cuanto al alojamiento, en medios rurales la opción más agradable es la casa rural enclavada en un entorno bello, donde el huésped disfruta de su cuidada decoración, de un desayuno casero, y de una atención amable por parte de los dueños y del resto de las personas alojadas en él.

En destinos turísticos, los complejos hoteleros son el colmo del ostracismo, pues el turista pasa todo el día en sus instalaciones sin tener el más mínimo contacto con la realidad social del país, su arquitectura, su modo de vivir la noche, de comer, de comunicarse... Punta Cana, en la República Dominicana, lugar que muchos llaman ‘la cárcel de oro’, es el claro ejemplo de cómo viajar a un país sin conocer nada de él. A falta de hoteles rurales, es mejor decidirse por pensiones pequeñas en las que el trato sea familiar.


Fecha de publicación:03-08-2021

Fuente:Alta Hotelería

Autor:Héctor Pérez

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