En días pasados, me encontraba cenando con un grupo de amigas con las que me reúno frecuentemente sólo por el placer de chismear y comer rico, cuando una de ellas comentó que ese día había comido en La Lanterna.
De inmediato recordé que Carlos, mi esposo, me había dicho que acababa de ir a la icónica esquina de Reforma y Toledo en donde, desde 1966, se ubicaba ese restaurante y se encontró con la novedad de que ya no existía.
¿Pero cómo? le pregunté a mi amiga, si está cerrado; a lo que me respondió: Pues ahora se encuentra en Paseo de las Palmas, en Las Lomas. Con esa información y con el pretexto de celebrar a Carlos con un calzone en el Día del Amor y la Amistad, lo invité a La Lanterna “nueva”.
Aunque resulta que su ubicación es el secreto mejor guardado, ya que ni en su página, ni en las aplicaciones para reservar una mesa en restaurantes aparece su nuevo domicilio; pero sí de comer se trata, yo llego, porque llego, aunque sea por mi olfato.
Cuando entramos la música de fondo era un área de Don Giovanni, el mobiliario el mismo que durante más de 50 años tenían en el inmueble anterior, vaya, hasta los letreros de las calles de Reforma y Toledo se trajeron; el único faltante que notamos fue un retrato de Mussolini que antes colgaba en aquellas viejas paredes, así que de “nueva”, nada.
Eso sí, también el menú creado por el chef Ennio Petterino, con su famosísimo filete al burro ñero (mantequilla negra, para los que no parlan italiano] sigue siendo el mismo.
La comida con esa sazón casera de la cocina piamontesa seguía como siempre, buenísima. Para comenzar elegimos la alcachofa bañada con fondue piamontese; a Carlos se le antojó una sopita minestrone sabrosita y bien hecha y por supuesto el calzone a la napolitana, motivo principal por el que estábamos allí, muy rico, crujiente, no falla.
Yo tenía antojo de un ossobuco alia milanese, pero no había, así que opté por un guiso de cola de res a la vaccinara, que estaba para chuparse los dedos, literal. Estar en un restaurante italiano y no comer pasta, es como no haber ido, por lo que ordené una a la carbonara como guarnición.
Carlos tiene un karma con los vinos, es capaz de revisar una carta de esta bebida de principio a fin y, luego de tomarse su tiempo, elige cuidadosamente la botella que maride mejor con lo que comeremos y generalmente, esa es la que no hay. Aquí le sucedió no una, sino dos veces.
Aunque me dijo que, en la lista, de haber estado bien surtida, habría vinos italianos clásicos, nada pretenciosos y a buen precio.
La herencia culinaria y el buen servicio de La Lanterna han permitido que sigan fieles a su tradición manteniendo las recetas originales con porciones generosas que dejan más que satisfechos a los comensales.
Aunque esa fidelidad por lo tradicional la llevaron al extremo de no aprovechar la oportunidad de darle una renovada y hacer de este restaurante un lugar más moderno y contemporáneo, ya que en lugar de “retro” parece una fonda italiana venida a menos; eso sí, en una las avenidas más caras de la Ciudad de México.
Ubicado en Paseo de Las Palmas 275-Lo cal B
Por Laura Rodríguez










