Los destinos con mayor rechazo al sobreturismo, como podría esperarse, son aquellos que reciben más visitantes, por ejemplo, Barcelona. En los últimos años se registraron protestas contra el exceso de turismo en ciudades como Barcelona, Palma de Mallorca o Venecia. De hecho, este último destino estableció a principios de este año que los turistas tendrán que pagar hasta cinco euros para ingresar en la ciudad durante la temporada alta, como medida para controlar los flujos de visitantes.
“Con esta pequeña suma podrás contribuir a la protección y salvaguardia de Venecia: los fondos recaudados ayudarán a la ciudad a mejorar la calidad de la oferta turística y a financiar el mantenimiento, uso y recuperación del patrimonio cultural y ambiental del territorio veneciano”, detalla el ayuntamiento de la ciudad.
De forma similar, la tasa turística en la capital catalana rondará los 3.25 euros, y solo se pagará durante los primeros siete días consecutivos, posicionándola junto a Roma, Bruselas y Ámsterdam como una de las que más cobra a los visitantes por esta vía.
El objetivo del Ayuntamiento de Barcelona es atraer un tipo de turismo de lujo a la ciudad y de esta manera combatir los impactos negativos del sobreturismo.
Por su parte, Ámsterdam, otro de los grandes destinos europeos, también ha impuesto nuevas normas para los visitantes. Entre ellas se encuentran las limitaciones a los negocios para el consumo de alcohol y marihuana y la práctica de la prostitución legal en el centro de la ciudad.
Asimismo, tras lanzar recientemente una campaña llamada Stay away (mantenerse alejados), para disuadir a los turistas ruidosos, el ayuntamiento de la ciudad lanzó recientemente la estrategia Amsterdam Rules. Este nuevo enfoque busca promover actividades como las compras, la gastronomía y las lunas de miel; aunque también contempla las “despedidas de soltero”.
Finalmente, Mánchester cobrará a sus viajeros aproximadamente 1.25 libras diarias. Además, Edimburgo también podría imponer una tasa turística de unas 2 libras antes de 2026, o por lo menos es la idea del gobierno escocés.










