Por Alejandro Moredia en Panorámicas de servicio
EL VERDADERO DESAFÍO NO ES SÓLO MANTENER EL ESTÁNDAR DE EXCELENCIA, SINO NAVEGAR LAS TENSIONES, EGOS Y DESAFÍOS HUMANOS
El servicio en un restaurante de alta cocina no es sólo una cuestión de platos impecables y atención al detalle. Es un campo de batalla, donde cada miembro del equipo lucha para mantener el equilibrio entre los problemas que resolvemos y, sí, los que a veces creamos.
En este entorno de alta presión, el verdadero desafío no es sólo mantener el estándar de excelencia, sino navegar las tensiones, egos y desafíos humanos que surgen detrás de escena. Aquí es donde se revela quién está hecho para esto y quién no.
Cada uno de nosotros llega al servicio con un objetivo claro: que el cliente no sienta ni vea el caos que puede estar sucediendo. Y aunque a menudo apagamos incendios antes de que se conviertan en un problema, no siempre somos perfectos. A veces, las mejores intenciones crean errores. Pero esto no es una debilidad, es parte de la naturaleza y del trabajo en equipo. El valor es la capacidad de corregir el curso, aprender y seguir adelante.
La clave para sobrevivir en este entorno radica en la creación de un equipo robusto. Los equipos no nacen; se construyen, ladrillo por ladrillo, con sudor, paciencia y, a veces, con un poco de sangre.
No es suficiente ser un buen cocinero o un buen camarero. Es imprescindible saber colaborar, dejar de lado el ego y enfocarse en el objetivo final. Y aquí es donde entra el papel del líder. No se trata de ser un tirano ni de ser un pusilánime. El liderazgo en la cocina consiste en encontrar el punto donde la paciencia fomenta el crecimiento, pero donde la firmeza mantiene la excelencia.
La paciencia es esencial. Un equipo necesita espacio para cometer errores, para crecer. Pero cuidado: si la paciencia se estira demasiado, el equipo puede perder el sentido de urgencia y precisión.
Ser permisivo en exceso puede ser tan perjudicial como ser excesivamente duro. El líder que entiende esto es el que logra la alquimia perfecta: mantener el equipo enfocado en la excelencia, pero lo suficientemente libre para crecer, innovar y aprender.
La alta cocina no es para cualquiera. No es un trabajo, es una prueba de carácter. Es tener la capacidad de levantarse después de cada servicio, aprender de los errores, y seguir ofreciendo lo mejor. La excelencia no es un destino; es una lucha diaria, y sólo aquellos equipos bien formados, con un liderazgo que sepa equilibrar entre paciencia y exigencia, son los que pueden mantenerla.










