En un rincón tranquilo a las afueras de San Miguel de Allende, entre caminos de terracería y lomas cubiertas de pasto seco, un grupo de personas se reunirá este sábado 26 de abril con un propósito sencillo y, a la vez, profundo: plantar vides.
La escena tendrá lugar en Ineffable, un pequeño viñedo que ha ido tomando forma como un refugio para quienes buscan algo más que paisaje.
No habrá escenario ni discursos elocuentes.
La cita comienza a las cuatro de la tarde, cuando el sol empieza a ceder.
Los anfitriones, Fernando Valadés y Lorena Okhuysen, han convocado a un grupo cercano de amigos para compartir una experiencia que mira hacia el origen del vino: la tierra, el trabajo manual y la paciencia.
Primero, una charla tranquila para entender qué hace especial a la vid.
Luego, cada quien tomará una pala y se agachará frente a un surco: manos al polvo, raíces jóvenes, nombres que quedarán marcados en etiquetas aún imaginarias.
No se trata de un gesto decorativo.
La idea es que cada planta crezca con la historia de quien la sembró, como parte de algo que tomará años en madurar.
La jornada continua con una comida ligera, servida ahí mismo, en medio del viñedo.
Nada lujoso, pero pensado con detalle: platos que se acompañan con varietales del lugar y que parecen cerrar un pequeño ciclo entre sembrar y compartir.
Cuando caiga el sol, llegarán los postres, los brindis, las charlas en voz baja.
Más que un evento, es un momento para reconectar con lo que muchas veces se da por hecho.
Plantar algo, esperar que crezca, volver después. Ineffable no impone una experiencia, la propone.
Y deja que cada quien decida cómo habitarla.










