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Gastronomía

La barra en NY donde la Coca-Cola aún se prepara como hace 100 años

En una esquina discreta del Upper East Side de Nueva York, entre edificios elegantes y calles donde la vida cotidiana transcurre con cierta calma, existe un pequeño local que parece detenido en el tiempo. Su barra metálica, los bancos giratorios y las máquinas antiguas recuerdan una época en la que los refrescos no se compraban en latas ni en botellas, sino que se preparaban frente al cliente.

Ahí, desde 1925, funciona Lexington Candy Shop, una de las últimas soda fountains auténticas que sobreviven en Estados Unidos y un lugar donde todavía se pueden probar bebidas preparadas con técnicas que pertenecen a otra era de la gastronomía urbana.

El sitio no es simplemente una cafetería vintage ni un restaurante con decoración retro. En realidad, es un fragmento vivo de la historia alimentaria de Nueva York, un tipo de establecimiento que dominó la vida social de las ciudades estadounidenses durante buena parte del siglo XX. E

n aquellos años, antes de que la industria del refresco embotellado conquistara el mercado global, las sodas y bebidas saborizadas se mezclaban al momento en barras como esta, convirtiendo a estos locales en puntos de encuentro donde la gente acudía a conversar, beber algo refrescante o disfrutar una malteada.

Hoy, casi cien años después de su apertura, el negocio sigue en manos de la tercera generación de la misma familia, lo que ha permitido preservar no solo el local, sino también la esencia del concepto con el que nació.

Cuando los refrescos se preparaban en la barra

Para entender el valor de Lexington Candy Shop hay que regresar al inicio del siglo pasado, cuando la cultura del refresco era completamente distinta a la actual. En aquella época, las bebidas gaseosas no llegaban al consumidor ya listas para beber. En cambio, los establecimientos especializados mezclaban jarabes concentrados con agua mineral, creando refrescos al momento y frente al cliente. Estas barras se conocían como soda fountains y eran espacios donde la preparación del refresco formaba parte del espectáculo cotidiano.

Pero además de ser lugares donde se servían bebidas dulces y refrescantes, las soda fountains tenían una función social particular. Muchos de estos establecimientos surgieron como alternativas para quienes no querían beber alcohol, ofreciendo un ambiente relajado donde era posible sentarse en una barra, conversar y disfrutar una bebida sin necesidad de entrar a un bar.

“Estos lugares se crearon para las personas que no consumían alcohol”, explica Ana Gallegos, trabajadora mexicana de Lexington Candy Shop. “Había bares por todas partes, así que estos locales eran una alternativa donde la gente podía venir a tomar una bebida, sentarse en la barra y convivir sin alcohol”.

Ese origen explica por qué el lugar conserva la estética de un bar clásico, aunque en realidad el menú esté dominado por milkshakes, sodas saborizadas y bebidas con helado.

De fábrica de dulces a institución neoyorquina

Con el paso de los años, los cambios económicos y sociales obligaron a modificar el modelo de negocio. Tras la Gran Depresión y los ajustes que trajo consigo la Segunda Guerra Mundial, la producción de dulces dejó de ser viable, por lo que la familia decidió concentrarse únicamente en las bebidas, los desayunos y la comida ligera que ya ofrecían.

Mientras muchas soda fountains desaparecieron durante el siglo XX, Lexington Candy Shop logró sobrevivir a varias transformaciones del mercado. La razón principal fue la industrialización de los refrescos, que cambió radicalmente la manera en que la gente consumía estas bebidas. Cuando las grandes compañías comenzaron a distribuir refrescos ya embotellados, muchos establecimientos que preparaban sodas al momento dejaron de tener sentido comercial y cerraron.

Este pequeño local, sin embargo, consiguió mantenerse abierto y conservar su esencia, convirtiéndose con el tiempo en una especie de reliquia gastronómica en medio de una ciudad que cambia constantemente.

El mito de la “Coca-Cola original”

En los últimos años, la fama del lugar ha crecido de manera significativa gracias a las redes sociales, lo que ha provocado que muchos visitantes lleguen con una idea equivocada sobre lo que encontrarán dentro. Uno de los mitos más repetidos es que Lexington Candy Shop sirve la “Coca-Cola original” con la receta secreta del pasado.

La realidad es más sencilla, pero no menos interesante. La Coca-Cola que se sirve aquí es la misma que se distribuye en todo el mundo; el jarabe proviene directamente de la compañía. Lo que cambia es la forma de preparación, ya que el refresco se mezcla al momento con agua mineral, tal como se hacía en las soda fountains tradicionales.

“No hay una receta secreta”, explica Ana Gallegos. “Es la misma Coca-Cola, pero se prepara como se hacía antes, mezclando el jarabe con agua mineral en el momento”.

Ese pequeño detalle convierte una bebida cotidiana en una experiencia distinta, ya que el cliente puede ver cómo el refresco se prepara frente a él, algo que hoy resulta casi inusual.

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