Por Canitas.mx
Mientras cada año se gradúan miles de administradores y abogados, casi nadie quiere aprender un oficio que siempre tendrá trabajo.
En los años 70 había más de 40 mil boleros registrados en el país; hoy apenas quedan unas cuantas centenas en plazas públicas. Mientras tanto, cada año egresan casi 400 mil licenciados en México, pero los oficios técnicos —como plomería o carpintería— tienen menos aprendices que nunca.
La paradoja es brutal: más títulos universitarios, menos manos que sepan reparar lo básico. Y aunque suenen lejanos los pregones del lechero o el silbido del afilador, la realidad es que los oficios que aún sobreviven corren la misma suerte si no hay relevo.
¿qué oficios desaparecieron, cuáles están en riesgo y por qué recuperarlos podría ser la clave de nuestro futuro laboral?
¿Recuerdas cuando los oficios eran parte de la vida diaria?
El silbido del afilador que recorría la colonia, el lechero que dejaba botellas de vidrio al amanecer o el sereno que anunciaba la tranquilidad de la noche. Entre 1960 y 1990, estos trabajos no solo eran servicios: eran parte de la confianza y la vida comunitaria.
La modernización, los supermercados, el gas entubado y la tecnología fueron borrando poco a poco esos oficios. Y con ellos se fueron expresiones que hoy suenan a pasado: “el hijo del lechero”, el chiflido del afilador o el golpe del zapatero en su taller.
El Lechero desapareció con la expansión de la industria láctea y los supermercados.
El Sereno cedió ante la profesionalización de la seguridad pública.
La Telefonista, trabajo masivo y predominantemente femenino, fue eliminada por la automatización.
El Bolero de zapatos pasó de ser un servicio esencial a una tradición urbana más simbólica que necesaria.
La Fonoteca Nacional incluso ha registrado el silbido del afilador como uno de los “sonidos perdidos” que más extrañamos como país. Como dijo Pedro, un afilador del Centro Histórico que sigue trabajando en bicicleta: “Yo soy de los últimos… y ya casi nadie me escucha”.
Los trabajos que usamos todos los días… pero casi nadie quiere hacer
Otros oficios siguen siendo indispensables: carpinteros, plomeros, herreros, electricistas, zapateros o costureras. Sin embargo, viven una paradoja: los necesitamos cada día, pero cada vez hay menos personas que los ejercen.
De acuerdo con DataMéxico (2025):
Hay 341 mil carpinteros en México, con un salario promedio de $6,040 pesos mensuales.
Los plomeros suman 242 mil trabajadores, con ingresos de $6,740 pesos al mes.
Los herreros son 310 mil, ganando alrededor de $7,100 pesos mensuales.
Todos ellos están muy por debajo del promedio nacional de $10,920 pesos. Y lo más grave: entre 73% y 79% trabajan en la informalidad, sin seguridad social ni prestaciones.
El contraste es evidente: reparar una fuga de agua en la Ciudad de México puede costar $2,000 pesos, mientras que el propio plomero que lo resuelve apenas alcanza un ingreso mensual modesto.
¿De qué sirve tanto título si nadie sabe arreglar una fuga?
Mientras tanto, las universidades mexicanas siguen produciendo miles de licenciados en áreas saturadas. Según la ENOE (INEGI, 2024):
Administración: más de 900 mil ocupados.
Contaduría: 694 mil.
Derecho: 628 mil.
Son carreras con sobreoferta y pocas oportunidades laborales estables. En contraste, oficios como plomería o carpintería tienen vacantes constantes, pero pocos jóvenes quieren aprenderlos.
Este fenómeno no es solo mexicano. La OCDE y la UNESCO han advertido que la formación técnica y vocacional se percibe como “de segunda clase” en muchos países, cuando en realidad es esencial para el crecimiento económico. En Alemania, la Cámara de Artes y Oficios reportó en 2022 un déficit de más de 250 mil técnicos especializados; en Japón, el envejecimiento de la población agrava la escasez.
Un sector que mueve millones… pero vive en la precariedad
La economía informal en México, donde entran la mayoría de estos oficios, representa 55% de la población ocupada y aporta 24.8% del PIB nacional (INEGI, 2023).
Dentro de este universo, los trabajadores artesanales destacan: son 6.24 millones de personas, con un salario promedio de apenas $6,580 pesos.
El dato más dramático lo reporta DataMéxico: las mujeres artesanas de 75 años o más apenas ganan $1,650 pesos al mes, lo que muestra la precariedad de un sector lleno de saberes, pero olvidado por la formalidad.
Y, sin embargo, este sector sigue generando valor: en 2021, la producción artesanal aportó más de 153 mil millones de pesos al PIB (0.6%) y 479 mil empleos formales (FONART, 2022).
Como dice Teresa Lino Bello, tejedora de Hueyapan, Puebla: “Cada pieza es compartir la identidad de mi pueblo, nuestra cosmovisión.”
Cómo rescatar lo que todavía tiene valor
No todo está perdido: todavía existen caminos para rescatar este valor, y muchos están en manos de quienes hoy tienen la experiencia: nuestros adultos mayores.
Mentoría intergeneracional.
Programas como Vinculación Productiva del INAPAM pagan hasta $14,000 pesos mensuales a mayores de 60 años que comparten sus conocimientos con empresas o comunidades.
Educación técnica.
El CONALEP y los ICAT estatales siguen formando técnicos en carpintería, plomería, costura o electricidad. Según encuestas internas, 80% de los alumnos volvería a estudiar ahí, lo que muestra satisfacción y pertinencia.
Nuevas tendencias. Hoy crecen movimientos como la moda consciente (antes llamada slow fashion), que invita a reparar, reutilizar y valorar lo hecho a mano en lugar de comprar y tirar. Lo mismo pasa con el “derecho a reparar”: cada vez más consumidores exigen que sus aparatos duren y que existan personas capaces de arreglarlos.
Lo que desapareció nos duele… lo que queda puede salvarnos
Los oficios que desaparecieron nos dejaron nostalgia. Pero los que aún sobreviven son, paradójicamente, los que podrían asegurar el futuro: trabajo digno para jóvenes, autonomía para familias y una transmisión de saberes que solo nuestros adultos mayores pueden garantizar.
👉 Porque, al final, ninguna máquina podrá reemplazar las manos que saben crear, reparar y transformar. H










