Los últimos años hemos visto una serie de cambios en contra de la tradicional, tóxica y retrógrada práctica discriminatoria de que era objeto la mujer en el mundo empresarial. La nociva y reprobable cultura de verla como un “adversario” limitado, un activo de poco valor o un profesional de corto alcance, son conceptos que van quedando paulatinamente en un capítulo obscuro del pasado. Esta nueva concepción se debe a dos razones fundamentalmente: la primera, al esfuerzo, dedicación, empeño y a su capacidad con los que ha ido ganando su propio espacio; y la segunda, al cambio de mentalidad que va experimentando la sociedad reconociendo que la mujer es un ser mucho más valioso y capaz que una ama de casa que deja la vida laboral tan pronto como la familia empieza a crecer.
El carácter, determinación y confianza que ha ido acrecentado son consecuencia de participar como cualquier profesional sin sentirse menos ni hacerse “chiquita” ante los retos que demandan sus responsabilidades.
Su participación promueve un mejor ambiente laboral, ya que facilitan la capacitación y la superación del grupo, debido a un liderazgo en el que echan mano de su empatía y comunicación, lo que está ayudando a que cada vez haya un número mayor de ellas en posiciones clave.
Cuando las oportunidades de competir están abiertas, las mujeres son un factor clave al demostrar sus competencias y habilidades y por ser menos propicias a participar en actos ilícitos, cualidad y principio que las convierte en una pieza importante para cualquier organización.
Las corporaciones globales van a la vanguardia preparando cada vez con mayor dedicación las condiciones para que más mujeres asuman posiciones ejecutivas, contribuyendo con ello a aumentar su rendimiento, ya que la diversidad de género contribuye a mejorar los resultados empresariales y facilita la atracción de profesionales con sólido talento.
“Las compañías que tienen un porcentaje considerable de mujeres en altos puestos ejecutivos y directivos generan un mayor retorno económico para la empresa”, según el Instituto de Investigación del banco Crédit Suisse. Una de las razones es que las mujeres se centran en enfrentar los retos y las necesidades de la empresa, poniendo por delante el interés de la compañía antes que el suyo propio.
Diversos estudios muestran que, con las tendencias actuales, no se alcanzará la igualdad económica sino hasta fines de este siglo. Unilever, por ejemplo, la empresa líder en productos de consumo masivo afirma que “crear oportunidades para las mujeres es fundamental para la erradicación de la pobreza y acelerar el desarrollo mundial”.
Por último, pero no menos importante, el embarazo no debe ser un aspecto controversial, en virtud de que la maternidad es una ley natural de la vida y una decisión individual que no debe ser un obstáculo para su desarrollo profesional, lo que implica que la mujer tiene derecho a disfrutar de un balance adecuado en su vida personal, familiar y profesional sin la preocupación de perder oportunidades profesionales por el hecho de abrirle la puerta a la maternidad.
En ese sentido, la participación de la mujer en la vida empresarial es indispensable en un mundo cada vez más diverso e incluyente.
Seguramente falta mucho por hacer, pero los avances que el mundo de los negocios está experimentando con la inclusión del sexo femenino eran impensables hace sólo unos cuantos lustros.










