Por Jeanette Leyva Reus
Por momentos, Jalisco, que gobierna Pablo Lemus, pareciera ser el estado que durante años prometieron ser: moderna, conectada, atractiva para el turismo internacional y capaz de organizar eventos de talla mundial.
El primer partido mundialista dejó imágenes positivas, una afluencia importante de visitantes, una ciudad vestida de futbol y un operativo que, al menos en la superficie, funcionó. Pero si algo enseñó este arranque es que una cosa es superar el primer examen y otra muy distinta cantar victoria.
El estadio de las Chivas, el Akron, ahora bautizado Guadalajara para el Mundial y ubicado en Zapopan, dentro de la zona metropolitana, mostró avances, al menos en temas de movilidad que era uno de los mayores temores. La suspensión de clases y actividades presenciales, el esquema de transporte especial y las restricciones alrededor del estadio ayudaron a evitar el colapso que muchos anticipaban.
Las autoridades lograron que miles de aficionados llegaran al encuentro sin escenas de caos generalizado, algo que no era menor para una ciudad que históricamente batalla con la coordinación metropolitana, pero también lograron que los vecinos, de paso fueran beneficiados y rentaran sus cocheras para el encuentro, nada mal les fue y ofrecían la clásica “caminera” a sus clientes.
Sin embargo, también quedó claro que el sistema funciona porque se activó un operativo extraordinario. La verdadera pregunta es si Guadalajara que tiene como presidenta municipal a Verónica Delgadillo puede sostener ese nivel durante varias semanas y con una mayor acumulación de visitantes. Porque una ciudad mundialista no se mide por un partido, sino por toda una competencia.
En turismo, los números y el ambiente son alentadores. Hoteles, restaurantes y zonas emblemáticas mostraron una ocupación y movimiento que confirman que el Mundial sí está generando derrama económica. Guadalajara se proyectó al mundo como una potencia cultural, mucho más allá del tequila y el mariachi, y eso es un activo que difícilmente puede cuantificarse en una sola temporada.
La diferencia con otros eventos es que Guadalajara no parte de cero. Jalisco aporta alrededor del 7.5 por ciento del PIB y se ha consolidado como el principal clúster tecnológico del país, con más de 700 empresas de alta tecnología y electrónica instaladas en el estado, además de una creciente presencia de compañías vinculadas a semiconductores, software y servicios digitales. A ello se suma una conectividad estratégica: el Aeropuerto Internacional de Guadalajara moviliza más de 17 millones de pasajeros por año y mantiene una de las mayores redes de vuelos internacionales de México. El Mundial puede ser el escaparate perfecto para que ese ecosistema se traduzca en nuevas inversiones y alianzas de negocios.
Eso sí, tuvieron un mejor manejo político que en la Ciudad de México al lograr desactivar algunas de las manifestaciones que se tenían previstas, principalmente alrededor del estadio por parte de vecinos que se quejan que el agua nada más no llega; el tema incómodo y que nadie habló es el de la seguridad, y el miedo latente de que se dieran hechos violentos en represalia por el operativo del Mencho.
Pero el despliegue de miles de elementos, tecnología, videovigilancia y operativos especiales, permitió que el evento transcurriera sin incidentes mayores; se contrató vigilancia adicional por parte del Gobierno Federal, que es la misma que se usó en los Juegos Olímpicos en París.
Guadalajara llega al Mundial después de meses complejos en materia de violencia y con una crisis de desapariciones que sigue presente en la agenda pública. Los aficionados vieron una ciudad segura; los habitantes saben que la realidad es más profunda y que los problemas no desaparecen cuando se apagan las cámaras.
Un hecho es que Jalisco aprobó el primer examen mundialista. La movilidad respondió mejor de lo esperado, los turistas llegaron y la seguridad cumplió su función inmediata. Pero el verdadero reto apenas comienza. El éxito no será organizar un partido sin problemas: será demostrar que las mejoras pueden quedarse cuando el último aficionado regrese a casa y las luces del Mundial se apaguen.








