Los nuevos desarrollos dejan atrás la lógica del producto aislado: buscan formar parte de un territorio, interpretar a sus comunidades y construir motivos reales para regresar.
Por Hospitalitas
Durante años, la conversación sobre desarrollo hotelero se concentró en la ubicación, el número de llaves, la marca y el retorno esperado. Esos factores siguen siendo decisivos, pero el panel de presentación de proyectos del Summit Mexicano de la Hospitalidad dejó ver un cambio más profundo: el activo contemporáneo necesita una razón de ser antes de tener una promesa comercial. El lujo que hoy se busca desarrollar no se sostiene únicamente en metros cuadrados, acabados o tarifas; se sostiene en la capacidad de hacer que un huésped quiera pertenecer a un lugar y volver a él.
Las presentaciones reunieron proyectos distintos en escala, geografía y madurez, pero con una coincidencia notable. Paradero en Baja California Sur, Atal en Yucatán, la renovación de Casa Santa Fe en Puerto Escondido y la futura Hacienda Katanchel de Belmond en Yucatán no parten de una arquitectura que se impone sobre el territorio. Parten del territorio para definir su arquitectura, su experiencia, su operación y, finalmente, su valor. Esa diferencia es fundamental: un hotel puede ocupar un destino o puede ayudar a interpretarlo.
Joshua Kremer explicó que Paradero nació de una búsqueda paciente. Antes de adquirir su terreno en Baja California Sur, el equipo evaluó cientos de opciones y definió con precisión al viajero para quien diseñaría el producto. La primera fase, centrada en villas y experiencias, confirmó una demanda que luego transformó el plan maestro: huéspedes que habían vivido el proyecto como pareja querían regresar con sus hijos, sus amigos y, más adelante, con varias generaciones de su familia. De esa escucha surgieron nuevas villas, residencias, un programa ecuestre, mayor capacidad agrícola y un centro de longevidad y bienestar. El proyecto no se expandió por la sola posibilidad de vender más inventario; evolucionó porque entendió cómo deseaba permanecer su comunidad de huéspedes.
Esa lógica convierte a la personalización en una decisión de desarrollo, no únicamente de servicio. En Paradero, las experiencias incluidas —relacionadas con la naturaleza, el movimiento, el campo y la cultura local—, la producción propia de alimentos y la participación de numerosos especialistas en arquitectura, interiorismo, paisajismo e iluminación conforman un ecosistema. La residencia deja de ser una segunda casa convencional y se vuelve la posibilidad de conservar una relación con un paisaje, una comunidad y una manera de vivir el tiempo.
Luis Ángel Canul presentó Atal desde una idea complementaria: el lujo no es lo que se acumula, sino lo que se descubre, comparte y recuerda. Su proyecto en Yucatán, previsto para abrir en 2028, se plantea como el primer destino de una visión de largo plazo. La propuesta organiza su lenguaje alrededor de experiencias en movimiento, bienestar, encuentro y conexión con el sitio. El objetivo no es que el visitante contemple la selva como escenografía, sino que encuentre un ritmo distinto de relación con ella, con las personas que lo acompañan y consigo mismo.
La arquitectura de Atal expresa esa intención mediante una traza orgánica, espacios de transición, agua, tierra y un programa gastronómico ligado al entorno. Más allá de la imagen, el valor está en la coherencia: una marca, una operación y un conjunto de rituales que hacen reconocible una forma de hospitalidad. Cuando el proyecto logra esa coherencia, el destino deja de ser intercambiable. Esa es una de las claves de la nueva inversión hotelera: diseñar una identidad que no pueda replicarse simplemente trasladando el mismo concepto a otra geografía.
Casa Santa Fe, en Puerto Escondido, mostró otra vía: recuperar una propiedad con memoria sin borrarla para ajustarse a una moda. Alberto Ramírez describió un hotel con medio siglo de historia, situado frente a la playa de Zicatela, cuya próxima etapa busca devolverle relevancia dentro de un destino que crece con rapidez. La intervención no pretende convertirlo en un recinto aislado ni sustituir su carácter con una estética ajena. Busca reordenarlo, reinterpretarlo y conectarlo de nuevo con la vida cotidiana de Puerto Escondido: el surf, la gastronomía, los comercios locales, la creatividad oaxaqueña y la posibilidad de recorrer el lugar a pie.
La decisión es especialmente pertinente en un momento en que muchos viajeros eligen primero el destino y después el hotel. El trabajo de la propiedad consiste en curar esa relación, no en encapsularla. Un beach club capaz de recibir a visitantes y comunidad, colaboración con chefs y artesanos locales, y una renovación cuidadosa de la arquitectura existente pueden convertir la historia acumulada en una ventaja competitiva. La autenticidad no se compra con una campaña; se construye con decisiones consistentes y con la aceptación del lugar que recibe al proyecto.
La intervención de Simon Quernin sobre Hacienda Katanchel permitió observar cómo esa escucha cobra importancia incluso antes de que la obra empiece. Belmond adquirió la antigua hacienda yucateca en 2023, con una historia que cruza observación astronómica maya, actividad ganadera y el periodo henequenero. El activo reúne arquitectura histórica, vegetación, cenote y un territorio amplio a menos de una hora de Mérida. Sin embargo, la decisión más relevante no ha sido anunciar de inmediato una versión terminada del hotel, sino detenerse a preguntar qué debe significar una hacienda de lujo en ese contexto.
El equipo ha conversado con chefs, agricultores, biólogos y artistas para entender qué expectativas, ritmos y relaciones debe atender el proyecto. La intención es alejarse del lujo rígido o ostentoso y crear una hospitalidad más orgánica, donde el huésped se sienta recibido como amigo y no sometido a una coreografía distante. En un mercado acostumbrado a inaugurar rápido y comunicar antes de haber definido la propuesta, esa paciencia es una declaración estratégica. El tiempo de investigación también es parte del desarrollo.
La reflexión de Accor sobre Raffles Costa Mujeres completó el marco: una marca de lujo sólo tiene sentido si puede pertenecer al destino. La herencia, el servicio personalizado y la narrativa de Raffles no se reducen a un estándar internacional que se coloca sobre cualquier terreno. Exigen integrar cultura, arquitectura, naturaleza, artesanía, gastronomía, diseño e intención operativa. Incluso las residencias de marca, cada vez más importantes para la viabilidad financiera de los proyectos, requieren algo más que una firma reconocible: requieren confianza en que la marca y el lugar producirán una experiencia duradera.
Los proyectos presentados no niegan la importancia del capital, la construcción ni la distribución. Los reordenan. El desarrollo más competitivo será aquel capaz de convertir inversión en significado; de conectar al propietario con una comunidad, al huésped con un territorio y a la marca con una promesa que pueda cumplir todos los días. El hotel del futuro no será necesariamente el más grande ni el más llamativo. Será el que logre hacer visible una identidad genuina y sostenerla con servicio, operación y relaciones de largo plazo.
Hospitalitas Insight
La inversión hotelera de mayor valor ya no se define sólo por el activo que construye, sino por la relación que es capaz de activar. Escuchar al territorio, diseñar con identidad, integrar comunidad y sostener una promesa humana de servicio son condiciones para que un proyecto trascienda la inauguración y se convierta en una razón para volver.
| CRÉDITOS DEL SUMMIT Participaron en este panel Joshua Kremer — Paradero; Luis Ángel Canul — Atal Resorts; Alberto Ramírez — Hamak; Simon Quernin — Belmond; Bruno de los Reyes — Accor; Gustavo Ripol — Leisure Partners; Normand González — GND Properties. Panel: Presentación de proyectos hoteleros. Fuente: Summit Mexicano de la Hospitalidad 2026. |








