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50 años formando a los líderes del turismo mexicano

La historia de la Facultad de Turismo y Gastronomía de la Universidad Anáhuac y su contribución al desarrollo de la hospitalidad en México

Por Raúl Iriarte Payró, Director General de Hospitalitas

Las instituciones que construyen una industria

En 1975, cuando el turismo mexicano comenzaba a descubrir el enorme potencial que tendría para el desarrollo económico del país, un joven llegó a la Universidad Anáhuac convencido de que estudiaría Administración de Empresas. Durante la entrevista de admisión, el padre Gregorio le habló de una licenciatura que apenas daba sus primeros pasos: Administración Turística.

No existían entonces rankings internacionales, escuelas especializadas ni la sofisticada industria de la hospitalidad que hoy conocemos. Existía, en cambio, una convicción compartida por unos cuantos visionarios: si México aspiraba a convertirse en una potencia turística, tendría que formar primero a quienes algún día dirigirían hoteles, restaurantes, destinos y empresas del sector.

Aquel joven aceptó la invitación. Su nombre… Lorenzo Salsamendi Rius.

Cinco décadas después recuerda aquella conversación como el inicio de una trayectoria que jamás imaginó. Primero sería alumno de la primera generación; más tarde dirigiría la propia Escuela de Administración Turística y sería testigo privilegiado de la evolución de una institución que, con el paso de los años, terminaría formando parte de la historia de la hospitalidad mexicana.

Las grandes instituciones rara vez nacen con la conciencia de que algún día harán historia. Casi siempre comienzan de manera discreta: una conversación, una idea, una decisión y un pequeño grupo de personas dispuesto a apostar por un futuro que todavía nadie alcanza a imaginar.

La Facultad de Turismo y Gastronomía de la Universidad Anáhuac nació exactamente así.

Su historia corre en paralelo con la del propio turismo mexicano. Mientras el país desarrollaba nuevos destinos, ampliaba su infraestructura hotelera, fortalecía el reconocimiento internacional de su gastronomía y consolidaba una industria cada vez más compleja, la Facultad fue formando a generaciones de profesionales llamados a dirigir esa transformación.

Vista con la perspectiva de medio siglo, esa coincidencia deja de parecer casual. Las industrias no crecen únicamente porque existan inversiones o grandes proyectos de infraestructura. Crecen cuando cuentan con personas capaces de conducirlas.Y esas personas necesitan un lugar donde formarse. Ése es el verdadero punto de partida de esta historia. No se trata únicamente del aniversario de una Facultad. Se trata de comprender cómo una institución educativa puede influir silenciosamente en la evolución de toda una industria.

Detrás de cada hotel que abre sus puertas, de cada restaurante que alcanza prestigio internacional, de cada empresa turística que innova y de cada destino que logra consolidarse existen decisiones empresariales. Pero detrás de muchas de esas decisiones también existe una formación académica, un profesor, una experiencia universitaria y una institución que creyó en el talento de sus alumnos mucho antes de que ocuparan posiciones de liderazgo. Ésa es la historia que Hospitalitas quiso reconstruir. No mediante una cronología institucional, sino a través de las voces de dos protagonistas separados por cincuenta años y unidos por una misma vocación.

Lorenzo Salsamendi Rius representa los años fundacionales. La etapa en la que prácticamente todo estaba por construirse. José Ángel Díaz Rebolledo representa el presente y el futuro de una Facultad que hoy entiende que formar profesionales ya no es suficiente: también debe producir conocimiento, anticipar tendencias y contribuir al desarrollo estratégico de la hospitalidad. Entre ambos existe medio siglo de distancia. Sin embargo, al escuchar sus testimonios aparece una sorprendente continuidad. Cambiaron los programas académicos.

Cambió la tecnología. Cambió la dimensión internacional del turismo. Cambió la gastronomía.

Cambiaron los viajeros.

Lo que nunca cambió fue la certeza de que ninguna industria puede aspirar a un futuro sólido si antes no decide invertir en la formación de quienes habrán de dirigirla.

Cuando México descubrió que el turismo necesitaba líderes

A mediados de la década de los setenta, México comenzaba a experimentar una transformación que cambiaría para siempre la dimensión de su industria turística. Nuevos destinos aparecían en el mapa nacional, la inversión hotelera crecía con rapidez y el país empezaba a comprender que el turismo podía convertirse en uno de sus principales motores de desarrollo económico.

Sin embargo, detrás de ese crecimiento existía una pregunta que pocas personas formulaban entonces:

¿Quién dirigiría esa nueva industria?

Los hoteles podían construirse. Las carreteras podían ampliarse. Los destinos podían promocionarse.Pero ninguna de esas inversiones garantizaría por sí sola el éxito del turismo mexicano si no existían profesionales capaces de administrarlas con visión empresarial. Ésa fue la necesidad que la Universidad Anáhuac decidió atender cuando creó la licenciatura en Administración Turística.

Vista medio siglo después, aquella decisión resulta mucho más trascendente de lo que parecía en ese momento. No consistía únicamente en abrir una carrera universitaria.

Significaba reconocer que el desarrollo del turismo dependería también de la formación de capital humano. Lorenzo Salsamendi recuerda que los primeros estudiantes compartían un tronco común con Administración e Informática. “Fue hasta el tercer semestre cuando se decidió separar la carrera. Ése fue uno de los momentos más importantes porque la Escuela comenzó a desarrollar su propia identidad.” Aquella decisión académica marcó el inicio de un proceso que acompañaría la evolución del propio turismo mexicano.

La nueva Escuela comenzó a construir programas específicos, revisar constantemente sus contenidos y adaptar la formación de sus estudiantes a las necesidades reales de una industria que crecía año con año. Pero quizá la decisión más visionaria fue otra. Mientras buena parte del mercado buscaba formar personal operativo para hoteles y empresas turísticas, la Anáhuac optó por formar administradores. Directivos. Líderes. Personas capaces de tomar decisiones.

La diferencia parece sutil. En realidad transformó el perfil profesional de sus egresados.

“Nuestra mayor aportación fue sacar al mercado profesionales verdaderamente preparados. No gente técnica, sino licenciados con una sólida formación administrativa.”

La afirmación de Lorenzo ayuda a comprender uno de los principales cambios que vivió el turismo mexicano durante aquellas décadas. La hospitalidad dejó de entenderse únicamente como un conjunto de servicios. Comenzó a concebirse como una actividad empresarial que exigía planeación estratégica, liderazgo, administración financiera, comercialización y dirección de personas.

Esa visión explicaría posteriormente por qué numerosos egresados encontraron oportunidades no sólo dentro del turismo, sino también en bancos, corporativos, instituciones financieras y empresas de diversos sectores. Su formación les permitía competir en cualquier organización.

Lejos de representar una pérdida para el turismo, ese fenómeno confirmaba la solidez del modelo académico. La Facultad no estaba formando especialistas para una sola actividad.

Estaba formando profesionales con capacidad para dirigir organizaciones complejas.

Y esa diferencia terminaría convirtiéndose en una de sus principales contribuciones al desarrollo de la hospitalidad mexicana.

Aprender haciendo: la decisión que cambió la formación turística

Toda institución educativa enfrenta un momento decisivo. El instante en que debe responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿Cómo convertir el conocimiento en experiencia?

La entonces Escuela de Administración Turística encontró muy pronto su respuesta.

No bastaba con enseñar teoría. Los futuros directivos debían conocer de cerca la realidad de una cocina profesional, la operación de un hotel y la complejidad del servicio. Así nacieron los primeros laboratorios de Alimentos y Bebidas y de Hospedaje.

Hoy parecen parte natural de cualquier universidad especializada.Hace cuatro décadas constituían una apuesta profundamente innovadora.Lorenzo Salsamendi recuerda aquellos proyectos con especial satisfacción. “Conseguir las cocinas para los laboratorios y desarrollar un espacio donde los alumnos aprendieran haciendo fue uno de los proyectos que más satisfacción me dejó.”

La frase resume una filosofía educativa que continúa plenamente vigente. La hospitalidad difícilmente puede comprenderse únicamente desde un salón de clases. Necesita experimentarse. Necesita observarse. Necesita practicarse.

Ese enfoque práctico comenzó a distinguir a la Escuela desde sus primeros años. Al mismo tiempo se revisaban continuamente los planes de estudio, surgían nuevas modalidades de titulación mediante diplomados y exámenes generales de conocimientos y se fortalecía una cultura académica orientada a la mejora permanente.

Vista con la perspectiva de cincuenta años, aquella combinación entre rigor académico y aprendizaje práctico explica buena parte del prestigio que la Facultad alcanzaría posteriormente.

Mientras la industria evolucionaba, la Universidad evolucionaba con ella.Y, en más de una ocasión, consiguió adelantarse a los cambios que el propio mercado todavía no alcanzaba a percibir.

Cuando una facultad decidió no sólo enseñar, sino también explicar el turismo

Durante sus primeras décadas, la misión de la entonces Escuela de Administración Turística parecía perfectamente definida: formar profesionales capaces de incorporarse a una industria en plena expansión. Sin embargo, conforme el turismo mexicano adquiría mayor complejidad, surgió una pregunta inevitable.

¿Era suficiente preparar directivos o también era necesario generar el conocimiento que ayudara a dirigir el futuro del sector?

La respuesta marcaría una nueva etapa en la evolución de la institución. Las universidades enseñan. Las grandes universidades, además, investigan. Y cuando esa investigación logra dialogar con las necesidades reales de una industria, deja de ser un ejercicio exclusivamente académico para convertirse en un instrumento de transformación.

Ése ha sido uno de los cambios más profundos que ha experimentado la Facultad de Turismo y Gastronomía durante los últimos años.

José Ángel Díaz Rebolledo lo explica con claridad. “Nuestra responsabilidad ya no consiste únicamente en formar profesionistas. También debemos generar conocimiento que contribuya al desarrollo de la industria y ayude a comprender los desafíos que enfrentará el turismo durante las próximas décadas.”

La frase resume un cambio de paradigma. Durante mucho tiempo el conocimiento fluía desde las universidades hacia las empresas. Hoy ese proceso es mucho más dinámico. La industria plantea preguntas. La universidad las investiga.Y el conocimiento regresa convertido en información útil para empresarios, inversionistas, gobiernos y organizaciones que toman decisiones todos los días.

Bajo esa lógica, la investigación deja de ser un patrimonio exclusivo de la academia.

Se convierte en una herramienta para fortalecer la competitividad del país. En ese contexto surge y se consolida CICOTUR, un espacio que ha contribuido a posicionar a la Facultad como un referente en el análisis de tendencias, indicadores y escenarios para el turismo mexicano.

Más que producir documentos, su propósito consiste en ofrecer elementos que permitan comprender una industria cuya velocidad de transformación exige cada vez mayor capacidad de anticipación.

Entre esos esfuerzos destaca el estudio “La Gran Visión del Turismo en México hacia 2050”, un ejercicio de prospectiva que propone imaginar los escenarios que podrían definir el futuro del sector. Su mayor valor no reside únicamente en proyectar tendencias. Reside en algo mucho más importante. Invita a pensar el turismo antes de que los cambios ocurran. Y esa capacidad de anticipación será, probablemente, una de las competencias más valiosas para quienes dirigirán la hospitalidad durante las próximas décadas.

Cuando la gastronomía dejó de acompañar al viaje y comenzó a justificarlo

Existe otro cambio que ayuda a entender la evolución de la Facultad y, al mismo tiempo, la transformación del turismo contemporáneo. Durante muchos años la gastronomía era vista como un complemento de la experiencia del viajero. Hoy ocurre exactamente lo contrario.

En numerosos destinos del mundo, la cocina constituye una de las principales razones para viajar. México ha sido protagonista de esa transformación. El reconocimiento internacional de su patrimonio gastronómico modificó profundamente la manera en que el país comenzó a presentarse ante el mundo.

La cocina dejó de ser únicamente una expresión cultural. Se convirtió en un activo estratégico para el turismo.Comprender esa evolución implicó ampliar también la visión académica.

La incorporación de programas especializados y alianzas con instituciones de prestigio internacional, como Le Cordon Bleu, reflejan una decisión que trasciende la enseñanza culinaria.

Representan la convicción de que la hospitalidad contemporánea exige integrar conocimientos de administración, gastronomía, innovación, sostenibilidad, cultura y servicio bajo una misma visión. Hoy resulta imposible entender la competitividad de un destino sin considerar el valor que aporta su oferta gastronómica. La Facultad entendió oportunamente esa realidad. Y decidió formar profesionales capaces de comprender la experiencia turística como un todo, no como una suma de disciplinas aisladas.

En ese sentido, la evolución de la gastronomía dentro de la Facultad refleja la misma evolución que ha vivido la hospitalidad mundial.

Aprender a mirar el mundo sin dejar de mirar a méxico

La internacionalización constituye otra de las características que mejor explican la madurez alcanzada por la Facultad durante las últimas décadas. Los intercambios académicos, la colaboración con universidades extranjeras y las alianzas internacionales ampliaron significativamente la perspectiva de estudiantes y profesores.

Sin embargo, la verdadera internacionalización no consiste únicamente en establecer convenios. Consiste en aprender a interpretar los desafíos globales sin perder la capacidad de responder a las necesidades locales. Ése parece haber sido uno de los principales aciertos de la Facultad. Mientras fortalecía su presencia internacional, mantuvo una estrecha vinculación con la realidad del turismo mexicano.

Esa doble mirada —global en la perspectiva y nacional en el compromiso— explica buena parte de la relevancia que hoy tiene la institución dentro del ecosistema turístico del país.

Porque la hospitalidad contemporánea ya no puede entenderse únicamente desde una visión nacional. Los viajeros son globales. Las inversiones también. La innovación circula a escala internacional. Y los futuros líderes deberán desenvolverse con naturalidad en ese entorno. Prepararlos para esa realidad representa uno de los mayores desafíos de la educación superior.

Y también una de las principales responsabilidades que la Facultad parece haber asumido para los próximos cincuenta años.

Los próximos cincuenta años ya están en marcha

Cada aniversario importante plantea una pregunta inevitable. ¿Qué sigue?

Para la Facultad de Turismo y Gastronomía de la Universidad Anáhuac, la respuesta no puede encontrarse únicamente en su historia. Debe construirse mirando hacia una industria que cambia con una velocidad inédita.

La hospitalidad del siglo XXI ya no enfrenta únicamente los desafíos tradicionales de operación, servicio o comercialización. Hoy convive con la inteligencia artificial, la automatización, la sostenibilidad, la transformación digital, la economía de las experiencias y un viajero mucho más informado, exigente y consciente del impacto de sus decisiones.

Preparar profesionales para ese entorno exige replantear continuamente el papel de la universidad. Ya no basta con transmitir conocimientos. Es necesario formar personas capaces de aprender durante toda su vida, adaptarse al cambio, trabajar en entornos multiculturales y tomar decisiones frente a problemas que todavía no existen.

José Ángel Díaz Rebolledo resume ese desafío con una frase que probablemente sintetiza el espíritu de esta nueva etapa. “La Facultad debe preparar profesionales capaces de enfrentar problemas que todavía no conocemos. Ése es el verdadero desafío de la educación superior.” La afirmación trasciende el ámbito universitario. Habla también del futuro del turismo mexicano. Porque una industria que evoluciona constantemente necesita líderes capaces de evolucionar con ella. Y esos líderes no se improvisan. Se forman.

La única tecnología que no puede reemplazarse

Resulta paradójico que, mientras la tecnología ocupa un lugar cada vez más relevante dentro de la hospitalidad, exista una cualidad que permanece prácticamente intacta desde hace medio siglo. Cuando se pregunta a Lorenzo Salsamendi cuál considera que sigue siendo el atributo más importante para trabajar en turismo, responde exactamente igual que cuando dirigía la Escuela décadas atrás.

“El espíritu de servicio.”

La respuesta parece sencilla. En realidad contiene una enorme profundidad. Las plataformas digitales podrán automatizar procesos. La inteligencia artificial podrá optimizar decisiones. Los algoritmos podrán anticipar preferencias.

Pero ninguna tecnología será capaz de sustituir la sensibilidad, la empatía y la capacidad de servir que distinguen a una auténtica cultura de hospitalidad. Quizá por eso la historia de la Facultad también puede leerse como la historia de un equilibrio. Por un lado, una permanente capacidad para incorporar innovación, investigación y nuevas herramientas de gestión. Por otro, la decisión de preservar el componente humano que continúa dando sentido a toda experiencia turística. Ese equilibrio explica buena parte de su vigencia. Y probablemente también será uno de los factores que definan su futuro.

Más que formar profesionales, formar responsables del futuro

Mientras preparábamos este reportaje apareció una idea que terminó convirtiéndose en su principal conclusión. Las grandes industrias no se sostienen únicamente con inversiones, infraestructura o tecnología. Se sostienen cuando existe una comunidad de personas capaces de dirigirlas con conocimiento, visión y responsabilidad. Ésa ha sido, durante cinco décadas, una de las contribuciones más importantes de la Facultad de Turismo y Gastronomía de la Universidad Anáhuac. No solamente impartir clases. No solamente actualizar programas académicos. No solamente desarrollar investigación. Su mayor aportación ha consistido en contribuir a formar el capital humano que hoy dirige buena parte de la hospitalidad mexicana.

Ese legado no puede medirse únicamente por el número de egresados. Tampoco por los reconocimientos obtenidos. Se refleja en miles de decisiones que, todos los días, toman quienes administran hoteles, desarrollan destinos, impulsan proyectos gastronómicos, crean empresas, diseñan políticas públicas o investigan nuevas formas de entender el turismo. En ese sentido, la historia de la Facultad trasciende el ámbito universitario. Forma parte de la historia reciente del turismo mexicano. Y también de su futuro.

Cuando una industria decide formar su propio futuro

Toda industria llega a un momento de madurez. El instante en que comprende que construir hoteles, restaurantes, aeropuertos o centros de convenciones ya no es suficiente. También debe construir personas.

Al concluir este recorrido por los primeros cincuenta años de la Facultad de Turismo y Gastronomía de la Universidad Anáhuac, resulta difícil no llegar a una conclusión. Las instituciones educativas más valiosas no son necesariamente las que forman más estudiantes. Son aquellas que logran influir silenciosamente en la evolución de la sociedad a la que sirven.

Ésa parece haber sido la aportación de la Facultad durante medio siglo. Acompañar el crecimiento del turismo mexicano formando generaciones de profesionales que, con el paso de los años, terminarían ocupando posiciones de liderazgo dentro de una de las industrias más dinámicas del país. Sin grandes protagonismos. Sin estridencias. Con la convicción de que el verdadero impacto de una universidad siempre termina reflejándose mucho más allá de sus aulas.

Quizá ése sea el sentido más profundo de celebrar cincuenta años. No mirar únicamente lo que ya se hizo. Sino reconocer la responsabilidad de seguir formando a quienes escribirán el siguiente capítulo de la hospitalidad mexicana. Porque dentro de algún salón de clases hay hoy un estudiante que, sin saberlo, dirigirá un hotel, transformará un destino, creará una empresa, impulsará una innovación o cambiará la manera en que entendemos el turismo. Y cuando eso ocurra, probablemente alguien volverá a preguntarse dónde comenzó esa historia. La respuesta, como hace cincuenta años, seguirá estando en una universidad que decidió creer en el futuro antes de que el futuro existiera.

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