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La memoria sensorial de la cocina mexicana

Por Victoria Marisol, Docente Ambrosía Centro Culinario

Comer en México es también recordar. Cada platillo carga consigo siglos de intercambios culturales, y esa historia no sólo se cuenta con fechas y nombres propios, sino a través de lo que se ve, se huele y se saborea. La cocina funciona como un archivo vivo donde conviven las herencias indígenas con los aportes que llegaron de España, y con ellos, del mundo árabe y judío que había moldeado antes la propia cultura ibérica.

Uno de los ejemplos más claros de esta hibridación es el lenguaje mismo de los ingredientes. Muchas plantas americanas conservaron sus nombres originales en náhuatl o en maya durante generaciones, hasta que la mercadotecnia moderna les impuso etiquetas extranjeras más fáciles de vender. Ese cambio de nombre no es un detalle menor: cuando se pierde la palabra original, también se debilita el vínculo con la región y la historia que produjo ese alimento. Recuperar esos nombres es, en cierto sentido, un acto de defensa cultural.

La cocina regional conserva estas huellas mejor que cualquier libro. En el sureste del país, por ejemplo, persisten preparaciones que combinan cacao, maíz y raíces locales en bebidas fermentadas, o dulces artesanales elaborados con frutas tropicales poco conocidas fuera de su zona de origen. Estas recetas rara vez aparecen en los recetarios comerciales, pero sobreviven gracias a la transmisión oral entre generaciones, en mercados y cocinas familiares.

Esa transmisión oral no se limita a las recetas: también incluye refranes, dichos y expresiones populares relacionados con la comida, muchos de ellos anteriores a la llegada de los españoles y otros adaptados posteriormente de la tradición peninsular. Estas frases funcionan como pequeñas cápsulas de sabiduría práctica, y varían notablemente de una región a otra, lo que demuestra que la gastronomía mexicana nunca fue homogénea, sino un mosaico de identidades locales.

Platillos como el mole o el pozole son el resultado visible de siglos de mezcla: técnicas mesoamericanas de cocción, ingredientes americanos y especias o formas de condimentar llegadas de otros continentes. Estudiar su historia obliga a mirar más allá del plato, hacia los procesos sociales que hicieron posible esa fusión.

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