Por Gabriela Warkentin
Y no es metafórico.
Nos podemos quedar sin vino si colapsa el Valle de Guadalupe. Y va a suceder si no hay intervención inmediata, decidida y sin pretextos.
Dirán algunos que estando el país como está es hasta frívolo hablar de lo que sucede en un rincón de la península bajacaliforniana, un valle en donde se cultiva la vid, se produce vino, hay buena cocina y amables atardeceres. Vino mexicano que, por cierto, no es de consumo masivo y hasta pudiera ser caro.
¿Entonces?
Respondo con dos razones. Porque en sí mismo, lo que sucede en el Valle de Guadalupe es una tragedia que atañe a todos: nunca es buena la desaparición de lo que importa. Y porque no deja de ser un microcosmos de lo que siempre termina saliendo mal en México en tres ejes no exhaustivos: lo propio, la narrativa y el Estado.
Vamos con lo propio. A quienes nos gusta el vino, el Valle de Guadalupe es destino casi místico. No solo ahí se produce buen vino, cierto. También en Coahuila, Guanajuato, Querétaro… Pero el Valle de Guadalupe tiene ese halo de frontera, el mar que seduce al desierto, la concentración de experiencias en un espacio contenido. El vino de Baja California tiene el regusto salado de aventuras y trajines tanto en los grandes viñedos como en los esfuerzos más acotados, casi artesanales, que sobreviven a golpe de pasión. Una vendimia en el Valle es un saludo a los dioses.
¿Será que está viviendo su ocaso?
Construir narrativa no es un capricho de ocurrencias y posiblemente el Valle esté siendo víctima de su propio éxito desorganizado (como tantas cosas en México). Hoteles, restaurantes, crecimiento descontrolado de asentamientos humanos, todo en detrimento de los recursos disponibles. De ser el lugar de los vinos que dibujan una expresión simbólica propia, se va convirtiendo en territorio de rapiña de quienes privilegian el reventón masivo con destrucción medioambiental de por medio y proliferación de microcriminalidad organizada como correlato. El Valle está chido, está cerca de Tijuana, aunque se joda. Y sí, para que prosperara la narrativa original de la vid como identidad agrícola y comunitaria, hizo falta contar mejor la historia, convocar solidaridades transversales, que los lugareños se organizaran como contrapeso a las indecisiones del poder y que no quedaran huecos legales y culturales por los cuales pudieran filtrarse los abusivos de siempre.
Y así recalamos en la ausencia del Estado.
Vitivinicultores, enólogos, chefs y la comunidad del lugar gritan “Rescatemos el Valle” y aseguran que, de continuar la depredación ambiental, social y económica, en 15 años ya no existirán tierras de cultivo en “esa zona única donde se produce 75% del vino mexicano”. Es decir, nos quedaremos sin vino y habremos abierto la puerta a la expansión urbana desaforada, a la criminalidad devastadora y a la peor sustitución de cultivos.
No voy a permitir que el Valle de Guadalupe se convierta en el antro más grande de Baja California, dicen que dice la gobernadora Marina Ávila cuando se le cuestiona lo que ahí sucede. Pero faltan acciones como, por ejemplo, hacer cumplir la ley. Algo que, creo, toca a las autoridades. A todas. Y no estaría mal, tampoco, que el gobierno federal defendiera al vino mexicano como producto cultural distintivo y arropara su producción como eslabón comercial fundamental. Digo, pareciera pertinente. Urge también una cohesión estratégica mayor de los liderazgos locales para integrar un frente de desarrollo sustentable y sostenido. Y, de paso, no sobra que visitantes y consumidores seamos tantito más conscientes de nuestra huella depredadora: si, por ejemplo, para ir al concierto de Christian Nodal iban a desmontar la naturaleza que estorbaba para que pudieras estacionar tu coche, algo no está bien.
Tarea de todos.
Nos ha pasado con la mariposa monarca, la vaquita marina, los axolotes y ahora con el sistema de cuevas y aguas subterráneas en la península de Yucatán. Y tanto, tanto más. A veces pienso que México es el país que mejor sabe destruir lo bueno que tiene porque no nos organizamos, porque no narramos, porque no exigimos, porque a la autoridad le vale madres. Y porque los vacíos siempre los llenan otros.
Ojalá con el Valle de Guadalupe me equivoque y haya vino y territorio para rato.
Ojalá.
Pero no soy muy optimista.










